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Hoy no me he montado en el tren



Hoy no me he montado en el tren. Pero voy dentro. Es un tren que viaja libre. A ver si le dejan llegar.

Miro entre los asientos del vagón y veo miles de personas que creen que las mujeres nos merecemos otra cosa. Y los hombres. Y nuestros hijos e hijas. Porque frente a los que creen que la mujer debe asumir siempre un mismo papel en la historia, o aquellos que creen que el asunto del aborto es “una cortina de humo” para no hablar de lo importante (“no es que el tema del aborto no sea importante pero…”, dicen), hay un montón de personas montadas en un tren con un montón de apoyos fuera que creemos que la reforma de la ley del aborto es la punta del iceberg de un camino que no se puede desandar. 

Y no es un asunto de derechas, de izquierdas o de centro; no es un asunto, pienso yo, de valorar o no la vida. Estamos hablando de limitar las opciones de las mujeres, de considerarnos dignas de tutoría permanente. Y cansa un poco eso de que al género femenino se nos crea idiota por defecto. O naturalmente sabio para asuntos como la maternidad o la casa. 

Están usando argumentos perversos (ya me he cansado de escribir a Gallardón, no le veo receptivo) cuando olvidan que las mujeres que han tenido una razón para abortar han estado dispuestas a perder la vida por ello. Y las mujeres que han deseado ser madres también. A lo largo de toda la historia. No cuando a los “progres” les ha dado por ahí. Prohibir no siempre mejora la realidad de lo que pasa. Prohibir para esconder no es una buena idea. 

Las mujeres somos personas y luego, si queremos, madres. Y cargamos con todas nuestras decisiones: las buenas, las malas, las regulares, las difíciles, las reflexivas, las inconscientes.

Hoy no me he montado en el tren.  Pero voy dentro. Y le deseo, de corazón, un buen viaje. Porque espero que mis hijas no tengan que subirse a este tren de nuevo para recordar que hay pasos atrás que no se deberían dar.

24 horas




¿Cuánto valen 24 horas para el Gobierno? Poca cosa a juzgar por la nueva decisión de que sólo se considere en la estadística como maltratolos casos en los que la mujer haya sido hospitalizada 24 horas. Excluye las heridas. ¿Cuánto vale la vida de una mujer? Poca cosa entonces. 

¿Qué son 24 horas? 24 horas para diferenciar una realidad cruel que pueden esconder bofetadas, puñetazos, patadas. Pueden ocultar humillación, vacío, dependencia. 24 horas que van a marcar la diferencia para miles de mujeres en España. Pero hacen falta 24 horas en el hospital para que las bofetadas duelan, los puñetazos rompan por dentro, la humillación haga mella y el vacío se transforme en dolor. 

Y marcarán la diferencia en las estadísticas. Qué fácil, como siempre. No lo veo, no lo cuento, no existe. Como el aborto. Como el amor homosexual y como tantas otras cosas. Si no se nombra, no existe. Si
no se cuenta, no es.

No se meta en mis jardines


Señor Gallardón
Lo de mi relación con usted va a empezar a dar para un epistolario con tanta carta. Pero es que se mete en mis jardines  usted solo. ¿Quién le ha dado vela en este entierro? Entiendo sus razones. Es tiempo de ganar posiciones en su Partido  ahora que el señor presidente está de capa caída, y ganarse a un electorado que le estaba viendo tibio, porque usted siempre ha sido el "progre" del PP de toda la vida y eso no gana votantes ahora mismo. También es verdad que ese nicho de voto reparte velas para los entierros de todos. Pero dígame ¿qué hemos hecho la mitad de la población del país para que nos escoja como bandera?

Ya sé que estamos en crisis y para no hablar de la desorbitada prima de riesgo mejor lanzamos globos sonda/bomba y que se hable de otras cosillas en vez de la caída en picado del país. Pero verá, es que este tema no es exactamente otra cosilla. Es que no me vale como cortina de humo. Es que afectará a la capacidad de todas las mujeres españolas. ¿Por qué no escoge otro chivo expiatorio? Mire que enseguida empiezan las olimpiadas y el traje oficial da para más de lo que parece. Pregúntele a Esperanza Aguirre que ella sí que sabe sobre polémicas y cortinas de humo. Ah, no, que no se gustan.

Igual necesita que alguien le explique que no por ser ministro de Justicia tiene que tocar todas las leyes. Que lo suyo es mejorar el funcionamiento de la Justicia entre otras cosas. Que lo de legislar lo hace el Parlamento y que, en este caso concreto, lo mismo tendría que salir la propuesta del ministerio de Salud, Servicios Sociales e Igualdad (es una sugerencia).

Ya le comenté en otra ocasión que casi mejor que no me defendiera. De verdad yo le agradezco su interés pero no se moleste. Y no me haga la trampa de "... como en otros países europeos". Porque países europeos hay muchos y al final siempre me va a escoger el que más atrás se haya remontado en la historia de la humanidad, que le veo venir, ladrón. Que muchos como usted tienen esa fea costumbre de ir hacia atrás en vez de hacia delante por falta de creatividad. Que si me va a poner de ejemplo a Europa, le respondo con Europa, y con los datos del Centro de Derechos Reproductivos a los que te remite la página  de la ONU (sí, ese organismo). Y resulta que en el listado de países en los que no se establecen "razones" para el aborto ("no hay restricciones en cuanto a la razón") están Suiza, Alemania, Dinamarca... para otras cosas tan importantes referentes.

Ay, señor Gallardón, me solivianta usted. Que se mete en mis jardines. No me haga escribirle más cartas que esto se va a parecer a una relación consolidada. Y, sinceramente, no es mi tipo.



Odio a Peter Pan

Odio a Peter Pan. Como el capitán Garfio. Sólo desde el sábado. Y siempre me ha encantado. Pero ahora odio a Peter Pan. Al menos un poco.

La culpa es de la mirada de género. Porque te pones las gafas y lo ves todo. Porque nunca me había fijado en esa Campanilla mirándose las caderas en el espejo por si está gorda, en la pandilla de sirenas celosas y puñeteras, en los indios diciéndole a Wendy que las mujeres no pueden bailar, ni en el padre de los niños que queda a la altura del betún como el típico padre gruñón con imaginación cero y sensibilidad nula. Pero ahí están. Ya sé, ya sé. La película es de 1953, basada en un libro hijo de una época. Si está claro. Si el contexto es el contexto.  Pero ahí están. ¿Me lío la manta a la cabeza y digo "Aquí no se ven más películas moña"?¿Cuánto influirán los dibujos en ellas? Me queda la duda.

Siempre les puedo poner a mis hijas "El libro de la Selva" que, total, no tiene mujeres más que al final y Bagueera es un cañón. Así la cosa no se nota mucho. O Tom y Jerry, que el patrimonio de las persecuciones es de todos los géneros. Porque como me ponga a repasar a Blancanieves (ese momento “os limpio la casita”) , a Cenicienta o a La bella durmiente (con su objetivo matrimonial como destino), es para echarse las manos a la cabeza. Con ellas ya era consciente de sus pegas pero, ay, de Peter Pan no me lo esperaba. De todo el elenco princesas me quedo con la Bella, que por lo menos lee; o con Mulán, que la muchacha tiene su carácter. Si me apuras, también con la Sirenita, que se lanza a la aventura ella sola. O hasta con la muchacha de Tarzán, que es científica (oh, rareza). Pero como me ponga a analizar todas las películas y dibujitos con filtro me va a dar un infarto de género.

Y me niego, oiga. Así que este recién nacido resentimiento por Peter Pan creo que lo voy a relativizar un poco. Porque lo grave en realidad es que no hace falta remontarse a 1953 para ver películas que me quiten el sueño igualitario a golpe de abnegación. Barbie tiene una buena colección bien reciente de películas ilustrativas (claro, que yo nunca he podido con Barbie y temo el día en el que me pidan una mis hijas). O el Pequeño Pony que tiene serie y película para morir ahogado en almíbar.

O esos bonitos complejos para madres e hijas que alimentan el mundo de la fantasía monocroma del rosa feliz para convertirnos a “todas” en  princesas Miss Sunshine de película y desfilar. Y que conste que yo no tengo ningún problema en que mis hijas se vistan de princesas. O de dinosaurios, o de piratas, o de trogloditas, o de reinas del desierto y brujas (este es mi favorito).

Así que voy a tener que buscar una decisión salomónica e intentaré compensar la sobredosis de felicidad Disney (que yo he visto todas, confieso) con cuentos y películas que aporten otros modelos (Se me ocurre a bote pronto un Edad de Hielo pero se admiten recomendaciones). Que hay que ver de todo en la viña audiovisual. Hasta para poder opinar.

De momento, voy a intentar rebajar mi preocupación para no morir de exceso de visión y porque, en realidad, mis hijas ahora lo que quieren ser es Peter Pan y los piratas. Intentaré llegar a un entente cordial con mi mirada de género para disfrutar de los dibujos (que siempre me han gustado), y confío en que, dentro de poco, todo se pueda explicar. Que enseñe a mis hijas a hacer preguntas. Y tenga respuestas que ofrecer.

Estimado Sr Gallardón


Estimado Sr Gallardón.
Me dirijo a usted con desconcierto y sorpresa. "La libertad de maternidad hace a las mujeres auténticamente mujeres"Qué perverso es usted. "libertad de maternidad", qué concepto. ¿Entiendo que es la libertad de ser madre o no? Ay, que no va a ser usted tan magnánimo. Pero le gusta jugar con las palabras. Llevo meses dándole vueltas a la obsesión que le ha entrado con la maternidad pero las declaraciones de ayer fueron inmensas. Siento comunicarle que no se ha ganado a todas las madres del país, si es lo que pretendía. A mí no.


Porque volvemos a lo de siempre. Mujer igual a madre. Si no eres madre, no eres mujer. Y si no cuidas de tus hijos lo suficiente, no eres buena madre. Y para cuidar de tus hijos todo el tiempo, mejor que te quedes en casa. Y ya está, convertidas en contenedor reproductivo otra vez. Qué sutil, Sr Gallardón. Menos mal que Soraya Saez de Santamaría ha sido madre antes de hacerse con el cargo, que si no, íbamos a tener una vicepresidente de segunda.

Pero si la cosa va de baremos, de segunda clase y primera, vamos a ello: ¿Cuándo para usted, Sr. Gallardón, los hombres no son suficientemente hombres? Miedo me da. Todos los hombres (y las mujeres) nacen con tantas posibilidades como su entorno les permite y más. Pero no todos suben el Everest, ni todos cambian el mundo, ni todos se convierten en personas honradas. ¿Dónde va a poner el listón? Me interesa Sr. Gallardón. ¿Lo pondrá también en su derecho a la paternidad? ¿En la "violencia estructural" que ejerce la sociedad para que los hombres no cojan ni siquiera sus 15 días de baja? ¿O con llevarlos al fútbol los domingos convalida el carnet de padre? ¿Y si no tienen hijos, son hombres de segunda? Ya veo a las hordas de hombres sin vástagos buscando pareja reproductiva con ansia, no vaya a ser que se queden a medias en su hombría.

«Mientras exista en España la más mínimaposibilidad de que una mujer no pueda, en plenitud, ejercer su derecho a lamaternidad, de este grupo parlamentario (PP) y de este gobierno tendrá siempre la solidaridad y no la actitud de silencio cómplice culpable que practica el Partido Socialista». Le reconozco el mérito por darle la vuelta a la tortilla. Ni Sun Tzu podría haber escenificado mejor aquello de no hay mejor defensa que un buen ataque. En vez de poner a las mujeres que abortan como "asesinas" , que es lo tradicional y, la verdad, viste menos, mejor vamos a convertir en víctimas a las madres y en los partidos que apoyen la libertad sexual en "culpables". Genial.

Sr. Gallardón: yo no veo ni siento una sociedad donde se acose a las mujeres para que no sean madres. Más bien al contrario, pese a que haya casos (claro). Puede que vivamos en sociedades distintas usted y yo. Pero ¿cuántas mujeres conoce que no presuman de ser madres? ¿Y cuántas que hablen de que han decidido abortar con naturalidad? ¿Quién siente más amordazada su libertad? ¿Una libertad de decisión que esconden incluso de palabra porque la misma sociedad que usted dice que acosa a las embarazadas no lo ve con buenos ojos?

Me pregunto cómo se puede llegar a pensar y a considerar que la mujer es tan loca , infantil e irresponsable que , en cuanto la dejen, se va a dedicar a abortar como las locas a modo de práctica de ocio (los datos hablan). ¿Cómo se puede pensar que las mujeres abortan por deporte? Y en estos casos no sé hablar por todas las mujeres. Sólo por mí. Y creo que un aborto no debe ser un plato de gusto para nadie. No lo sería para mí. Imagino que yo no tomaría una decisión así a la ligera. Uno no sabe cómo va a reaccionar en determinadas situaciones pero creo que para mí no sería una decisión fácil. Por eso no comprendo que una ley me tome por imbécil. Que, además del peso que supone una decisión así, una ley ponga más zancadillas. Me cuesta comprender una ley de supuestos que sólo me permite decidir si tengo o no hijos si soy una mujer o violada o desequilibrada. No hay opción a que sea una decisión producto de la reflexión. Ay, perdón, que como soy mujer, no sé qué hago reflexionando.

Así que le pido encarecidamente que no salga a defender mis libertades. Porque, honestamente, me siento una mujer de primera desde siempre y no sólo desde que tengo hijas. Y veo a las mujeres de mi entorno todas mujeres de bandera. Dedique su tiempo y su esfuerzo a otras cosas como el atasco de la justicia o las garantías procesales, porque lo veo yo más de su negociado. Por favor, Sr. Gallardón, no me defienda. Que el tiempo de los caballeros en defensa de las damas desvalidas ya pasó.

Sobre los gestos con fondo o cómo la incoherencia preside mi lengua


Queridos, queridas. La incoherencia preside mi lengua. Me declaro amante de las lenguas en general y de la española en particular. Cornucopia, botijo, merendero o hipopótamo valen lo suficiente para caer rendido ante ella. Del mismo modo, me declaro más que sensible a los temas relacionados con el reconocimiento de las mujeres y la igualdad. Dicho esto, confieso, y últimamente esto parece un confesionario, que la incoherencia preside esta entrada.  La incoherencia preside mi lengua.
Por un lado sé y defiendo que los gestos son importantes, que las palabras crean realidades, que el lenguaje es poderoso, que tiene la virtud de incluir o excluir, de crear realidad. De hecho, casi cada día añado la palabra padres a frases hechas sobre (siempre) madres. Por otro, me revelo contra un los y las jóvenes, se me enreda la lengua y no suelo pensar en ello cuando toca redactar textos periodísticos. Quizás es la costumbre lo que me lleva. Quizás soy una de esas víctimas de la herencia de siglos que me resisto a la inclusión femenina en mi conversación sin saberlo. Estoy intentado descubrirlo. Por eso me alegro de que se haya abierto el debate con la RAE incluida en el fregado. Porque manifiesto que esta duda me corroe, porque el objetivo al final es comunicarse y a veces algunas palabras esencialmente femeninas en un contexto concreto van cargadas de machismo sin necesidad de unos y unas. 

Y me planteo la diferencia entre lo importante y lo necesario. Seguimos pidiendo guarderías "para ayudar a las madres", sólo a las madres (acoto: es una frase real en un contexto real dicho por una persona real que obligaba a usar "las jóvenes y los jóvenes" en los textos), pero luego queremos que los textos incluyan ciudadanos y ciudadanas. En Finlandia "él" y "ella"  se dicen con la misma palabra pero yo tengo una amiga finlandesa a la que echaron del trabajo por estar embarazada. Vamos, que todo tiene que cambiar. Muchas cosas. Y el lenguaje no es definitivo pero sí importante. 

Y me pregunto cuántas personas andamos perdidas en lo políticamente correcto y nos olvidamos del fondo de todos los gestos y del significado de todas las palabras. Porque los gestos sin fondo al final sólo se quedan en un embrollo, y nos enfangan y nos despistan. Y así me siento yo: esencialmente despistada.

Por eso me alegra el debate, como a muchas y muchos otros. Porque creo que puede ayudar a recuperar un fondo a veces perdido, un sentido en cada una de las peticiones por un lenguaje no sexista; puede ayudar a priorizar entre lo urgente, lo necesario y lo importante. Y todas esas voces (muchas) estarán hablando de igualdad, de construir sociedad; y muchos "fundamentalistas" del lenguaje "clásico", que también hay muchos, tendrán que pararsea pensar. Yo también. Así que estoy siguiendo el debate. Detenidamente. Me interesa. Y prometo sacar conclusiones. 

De parte de las 60 princesas muertas


Erase una vez una princesa desvalida, un caballero valiente, un amor abnegado, una promesa de protección y otra de posesión. Y ahí empieza todo. Porque, desde siempre, nos enseñan un comieron felices, unas perdices cocinadas siempre por ellas, y un “no sin mi príncipe”. Sin preguntas, como gustan las ruedas de prensa ahora.

Erase una vez una princesa preguntona. Y ahí se empieza a complicar el cuento ¿Y si el príncipe también está desvalido? ¿Y si yo no tanto? ¿Y si no me va nada eso del amor abnegado? ¿Y si no quiero que nadie me proteja? ¿Y si quiero que mejor me cuiden y cuidar yo? ¿Y si las perdices las compro cocinadas y puedo hacer cosas yo sola, sin el príncipe en cuestión? ¿Y si puedo hacer las mismas cosas que el príncipe, luchar en sus mismas batallas y elegir algo más que mi pareja de baile? ¿Y si mi vida no es un punto y seguido de la de mi príncipe?

Pero hay muchas princesas que no han tenido muchas oportunidades de formular las preguntas adecuadas. Ni siquiera han tenido fuerzas o tiempo suficiente para hacerlo. Ahora ya no pueden. Son 60. Y son sólo las de 2011. Muertas.

Y han muerto por violencia machista. Que no es violencia “en el entorno familiar” si no en el entorno social, que pasa y pasa y pasa. Porque no somos paranoicos las y los que vemos comportamientos lejos de la igualdad y del respeto que sustentan de fondo muertes así. Y puede que sin quererlo.

Porque el 80% de los jóvenes españoles creen que las chicas tienen que complacer a sus novios y el 60% creen que una chica se realiza cuando tiene novio. ¿No es inquietante que haya un sector social (joven) que piense de verdad que las princesas han nacido para servir a sus parejas, respetarles por el único mérito de ser hombres y llevarles las zapatillas sin aturullarles con problemas?

¿No es preocupante que el 10% de las jóvenes españolas crean normal que su novio las fuerce a mantener relaciones sexuales? ¿De dónde sale esta idea? ¿No será porque el príncipe-troglodita lleva la carne a la cueva y entonces hay que pagar por ella? Y a mí que esto no me suena bien... ¿No es doloroso que un arzobispo justifique el abuso por parte de un hombre si su mujer aborta? ¿Y dónde termina esa bonita relación de pareja? ¿Por qué se permite esta apología de la violencia?
¿Cómo perdura esa idea de que “las mujeres son objetos de posesión”? ¿No será una excusa para que no haga lo que quiero, verdad? A veces se me olvida que tenemos consideración de florero con cualidades. Reproductivas a ser posible. ¿Y si pertenezco no decido? ¿Y si decido? ¿Y si me gusta decidir? Entonces que venga un hombre hecho y derecho a enderezar la situación.

Y valgan estas preguntas (algunas de muchas) como una razón más a las siete que aporta Virginia P. Alonso para que a la violencia machista se la llame violencia machista. Que los trapos sucios no deben lavarse en casa nunca más. Hay trapos que deben airearse y gritar porque no son producto de la familia sino de todos. Y todos somos responsables.

Así que me permito un lujo. De parte de las 60 princesas muertas este año que termina. Hacer preguntas: ¿Qué les pasa a los príncipes que no se enteran? ¿Por qué se sigue perpetuando esto? ¿Cómo nos quitamos de encima tanta corona molesta? ¿Por qué tengo que ser la princesa perfecta para llegar a reinar cuando ha habido tanto rey mediocre? ¿En qué célula se nos ha grabado la teoría de la buena madre (me suena a un tema que he escuchado recientemente en campaña…)? ¿Y la de la buena esposa? Siglos y siglos de entrenamiento.  Luego dicen que son las madres las que perpetúan el sexismo. ¿No será porque son las madres las que, por lo general, siguen pasando más tiempo con los niños? Y los príncipes que pasan de la práctica de coger por los pelos a la princesa y llevársela a la tienda ¿por qué no gritan más? Se les escucha poco, y es una pena.

De parte de estas 60 princesas muertas. Porque desgraciadamente en el 2012 habrá más. Por esas 60 princesas muertas, no deberíamos dejar de hacer preguntas. Yo no.

La forma de mirar o el periodismo 'slow'

Estaba pensando en que este asunto de la igualdad, como tantos otros, tiene mucho que ver con la forma de mirar. A veces las cosas no son como son sino como las vemos o como las queremos ver. Y así nos pasa en algunas ocasiones a los periodistas. Que miramos con prisa. Y así, sin darnos cuenta, le ponemos una zancadilla a la igualdad.

Lo dice el informe del Consejo Audiovisual de Andalucía sobre la presencia de las mujeres en los informativos. Se recurre menos a ellas (ocupan un 25% del tiempo, frente al 75% de los testimonios de los hombres) y para continuar los tópicos: si necesitamos declaraciones de educación o sanidad, buscamos mujeres. Si los temas son de ciencia, economía, deporte o universidad, buscamos un hombre. Y creo de verdad que lo hacemos de forma inconsciente, natural. Será que vamos con prisa.

Hablar de parar en el periodismo suena a contradicción. Pero es tiempo de crisis y por eso es la hora de repensar y de imaginar contradicciones interesantes. Yo creo que deberíamos empezar a aplicar el periodismo 'slow', periodismo lento (al modo de los movimientos de comida ‘slow’) para evitar que la inercia ponga en las noticias trampas a la igualdad en particular, y a la realidad en general.

Y aunque creo que esto del periodismo lento ya está más que inventado (Vicente Romero lo hace casi todas las semanas en Informe Semanal)  parto una lanza por él hoy. No sólo para los grandes reportajes sino para las noticias pequeñas y para las del día a día. Para aquellos días en los que la hora del cierre nos acosa. Es sólo un freno: 10 minutos posibles. Los que dedica un profesional a buscar un total, a pensar en una declaración, una entrevista breve. Son 10 minutos. Un instante pequeño para repensar la  realidad. Para pensar que las mujeres también estamos allí, donde antes no nos dejaban estar. Es una realidad que existe y hacerla visible es importante para no ir hacia atrás.

Hay más gente pensando en ello. Como la Asociación de la Prensa de Sevilla, que está elaborando una guía de expertas para periodistas. Y, en pequeño, esos 10 minutos creo yo que ayudarían.

Para empezar a cambiar nuestra forma de mirar. Para que la realidad, mis niñas, cambie poco a poco para vosotras.

No nos han engañado


Va a ser verdad que se rearman. Que no hay mejor defensa que un buen ataque. Avanzamos. Los hombres y las mujeres por la igualdad avanzamos. Por eso los Sostres de la vida responden con preocupación. Por eso los Sostres de la vida se permiten el lujo de justificar no sólo la bofetada sino el asesinato. Hay que entenderle, pobre. Es que le iban a dejar por otro. Y aquí no hablamos sólo de violencia de género, de muertos (17 en lo que va de 2011), que también. Hablamos de un contexto que nos recuerda que todavía no, no somos iguales. Aunque lo somos. 

Los Sostres de la vida son los que quieren hacernos creer que a las mujeres nos han engañado. Que donde mejor viviríamos es encerradas en casa y, a lo sumo, estudiando algunas cosillas que nos sirvan de adorno intelectual para dar conversación a nuestras parejas. Ellos son los engañados, porque creen que, si decidimos salir de casa, tenemos que hacerlo todo, porque creen que lo queremos todo y no nos lo merecemos sólo por ser mujeres, que tenemos un reino en la cocina y en la familia y ese es un reino excluyente, porque la naturaleza nos ha dado dones que parece que sólo son buenos en casa. 

Los Sortres de la vida son los que construyen una sociedad en la que la violencia de género, en vez de extinguirse, se duplica en la escuela. En la que los jóvenes justifican la agresión en determinados casos, porque eso es lo romántico, lo bonito, y porque un hombre siempre es un hombre (como decían en Amanece que no es poco) y se han ocupado de rellenar ese hueco del honor masculino con sandeces tipo orgullo herido, macho protector, princesa desvalida, “solteronas” y “hombres que nunca pueden perder”. Son esos a los que la coeducación les parece un adoctrinamiento pero no ven doctrina alguna en dividir los roles en nombre de la “tradición", no vaya a ser que su mundo de privilegios se mueva un milímetro.

A mí lo que más me duele es que, entre los Sortres de la vida hay hombres y mujeres . Por suerte, al otro lado del río también hay hombres y mujeres trabajando. No una panda de histéricas, deprimida, o resentidas, no os dejéis confundir. Estamos avanzando pero también estamos aprendiendo que la cosa es tarea de todos. Y que hay cambios donde también tenemos que ceder. Y ellos reivindicar. 

No. Yo no me siento engañada. No prefiero pedir permiso para ir al banco, no prefiero no tener independencia económica, no prefiero no votar y que otros decidan por mí. No prefiero no poder entrar a los bares si me da la gana, no prefiero sólo tener un camino único que seguir. No, no me ha engañado nadie. En días de agotamiento, puede que la que me engañe un poco sea yo. Y si acaso, el engaño radica en olvidar que no estamos solas aunque a veces lo parezca. Gracias a los Sostres de la vida podemos ver que no.

Un deseo para vosotras, mis niñas: que no os asusten los Sostres de la vida. Ni un paso atrás.

8 de marzo: Elogio al amo de casa


Queridas niñas. Ya es ocho de marzo: día internacional de la mujer.  Vuestro día. Y a mí, sin ánimo de llevar la contraria, me sale hacer una reivindicación del amo de casa. Sé que existen. Conozco a más de uno, a más de dos e incluso a más de tres. Y no parece que reivindiquen su derecho a quedarse en casa y trabajar en sus labores a bombo y platillo. Me pregunto dónde se meten que no se manifiestan por las calles con carteles que digan “yo también friego, lavo, plancho, pongo la lavadora y todavía sigo siendo un hombre”.  Me pregunto cómo no reivindican su igualdad en las tareas domésticas. El derecho a ordenar los armarios, a hacer la comida todos los días, a “llevar la familia”.

Me lo pregunto porque me parece que no lo hacen por gusto. Ni nosotras. Si no por una cuestión de  deber. Y nosotras.  Me pregunto por qué este empeño de las mujeres por tener trabajo fuera de casa. Porque las mujeres sí han salido a la calle a pedirlo, a reivindicarlo. Y qué obsesión.  Será esa frivolidad que supone la independencia, las opciones. 

“Todas las mujeres trabajan”, leía ayer. “Dentro y fuera de casa”. Así que hoy elogio a los amos de casa. Porque me gustaría escuchar que todos los hombres trabajan, dentro y fuera de casa. Porque creo que sería un pasito a tener en cuenta en este asunto de las igualdades. 

¿Será porque da más lata trabajar dentro que fuera? ¿Será que da menos satisfacciones, que es menos agradecido? ¿Será que no paga la comida ni el piso? Sería todo un debate este. Uno de vuestros tíos dice que estaría encantado de quedarse en casa pero yo creo que lo dice con la boca pequeña. Lo que queremos todos es ser millonarios de familia y que nos lo hagan todo. Y, a ser posible, vivir de las rentas. Solución: jugar al cuponazo.

De momento, los excluidos de la clase pudiente, a seguir con nuestras labores.

A las primeras ...

Hoy se cumplen 75 años de la primera vez que se aprobó definitivamente el voto femenino en España. Vosotras lo habéis celebrado con muchas risas y con un sueño demoledor. Yo lo voy a celebrar alegrándome, claro. Y también de otra manera: haciendo un pequeño homenaje a las primeras, porque siempre hay una primera que rompe, que piensa, que cuestiona lo que se ha hecho siempre, que se atreve a pensar con más imaginación su vida. Y a mí me encantaría que las recordarais, con o sin nombre.
Porque las hay con nombre y apellidos como Dilma Rouseff, la primera mujer elegida presidenta en Brasil. Quien sabe si os acordaréis de ella cuando seáis más grandes. Ahora, cuando vosotras acabáis de cumplir un año, sólo hay diez mujeres presidiendo un país. Y sigue siendo noticia.
Pero hay miles de mujeres anónimas que dieron un paso en su círculo, en su trabajo, en su familia, en su historia. Son esas sin nombre.
La primera que creyó que tenía derecho a votar porque merecía los mismos derechos que cualquier otra persona.
La primera que creyó que era algo más que un elemento decorativo
La primera que se puso unos pantalones
La primera que viajó sola
La primera que se plantó y dijo “hoy no pienso cocinar”
La primera que se atrevió a decir, no quiero tener más hijos o la primera que no se casó cuando la vida de una mujer no se concebía sin un hombre que la protegiese.
La primera que quiso mantener la dignidad por encima de las vejaciones
La primera que creyó que debía recibir algo más que condescendencia
La primera que quiso estudiar y lo consiguió
En todas las familias hay una primera. Sería interesante recopilar esas historias familiares y regalárselas a la memoria. A vuestra memoria.
Yo, de momento, os regalo este pequeño homenaje a las primeras. Ya las segundas, terceras (como Ana María Matute con su premio Cervantes), cuartas o quintas (como Soledad Puértolas, la quinta académica de la lengua) … porque cuántas hacen falta para superar la barrera de lo extraordinario.
Y también, sin duda, a los primeros que apoyaron sus decisiones o al menos dudaron de la tradición como regla indiscutible.
Sólo espero que no dejéis que su esfuerzo no haya valido. Que las tengáis en la memoria.
De momento, sois las primeras en casa. De eso no tengo duda.

¿No nos sabemos poner de acuerdo?

Niñas, vosotras os llamáis Rodríguez Hevia. Pero podíais haberos llamado Hevia Rodríguez. No me iba nada en ello (aunque tengo la secreta convicción de que el Rodríguez funcione como en el caso de Zapatero). La cuestión es que ya se puede.Por eso no entiendo el debate. El de los apellidos, digo. Desde 1999, en España, si la pareja lo decide, los niños pueden llevar el apellido de la madre. Así que, en esta ocasión, lo que cambia es solamente que, en caso de desacuerdo, se elige el primero por orden alfabético y no el del padre por defecto. Tampoco es para tanto.

No entiendo el debate porque no entiendo los argumentos.Los que están en contra, claro. Dicen que porque es una tradición, (me remito a una de las respuestas de la encuesta on line de 20 minutos sobre el tema que casi 3.000 personas suscriben). Ante eso se me ocurren dos cosas: una, que no siempre las tradiciones han de ser eternas o son buenas en sí mismas porque lleven mucho tiempo haciéndose (es una obviedad pero es un ejercicio que me gusta hacer de vez en cuando para no olvidarlo). Y otra, porque esta misma mañana, entrevistando al Catedrático de Historia Moderna de la UCO, Enrique Soria, comentaba al caso que en España, en realidad, hasta el siglo XVIII la cuestión era bastante aleatoria (así que dependerá de hasta dónde se remonte uno para aferrarse a la tradición).Sin ir más lejor, hay que recordar que invocando la sacrosanta tradición no hace tanto era casi obligatorio poner el nombre del santo, el nombre del abuelo, del padre, o de la madre a toda la descendencia. “Hombre, está claro qué nombre le vas a poner, ¿no?)”.

Ahora, gracias a dios, hay que ponerse de acuerdo para ponerle el nombre a los hijos. Como hemos tenido que ponernos nosotros. Y os hemos puesto nombres que no son típicos de la familia y, sobre todo, que nos gustaran a los dos.


Ante el argumento histórico, un muchacho en Twitter consideraba que aquella situación de antaño era un lío de mil demonios. Probablemente no le falta razón. Entonces. Pero, ¿dónde está el problema ahora que tenemos todo tan informatizado, burocratizado, registrado y fichado? ¿Por qué va a ser más difícil identificar cadáveres? (ese es otro argumento escuchado estos días). ¿Pero las identificaciones no se hacen ya con ADN? ¿Pero no estamos todos (o casi todos) registradísimos con nuestros datos en el aparato del Estado?

Así que volvemos al asunto del desacuerdo. Un catedrático de matemáticas de la Universidad de Cantabria asegura en una noticia que de aplicarse el orden alfabético desaparecerían todos los apellidos a lo largo del tiempo menos Abad. No seré yo la que cuestione el argumento del matemático. Sólo digo que le falta una variable: presupone que las parejas españolas no van a ponerse de acuerdo en la vida en el asunto de los apellidos. Hay poca fe en el diálogo de la pareja para estos críticos. En términos generales, parece cierto que  habrá apellidos que desaparezcan. Pero ¿eso no pasa ya con los apellidos de las mujeres?

El mejor argumento en contra de la medida es, sin duda, el de que va a provocar muchas más discusiones entre las parejas. No hay problemas: que sea uno el que decida los nombres de los hijos, el colegio, o el horario de llegar a casa. Que todas las decisiones, y no sólo el apellido, sean tomadas por uno de los dos sin consultar.  Seguro que no habrá peleas ni conflictos, sólo unos pocos divorcios más por no tener en cuenta la opinión de la pareja. Perfecto. Una idea buenísima.

Luego he escuchado argumentos más suaves. Me decían en el trabajo que no es un tema prioritario para el país. Fundamental en nuestras vidas, no es. Problemático, ¿por qué ha de serlo? De verdad, ¿Por qué hay discusión?¿por qué toda España habla del tema cuando efectivamente no pasa nada con el cambio? Lo que creo es que muchos españoles desconocían la posibilidad existente. Quizá algunos han preferido no enterarse. Lo que creo es que parece que es uno de esos detallitos que dan alegrías a muchos, entre los que me incluyo. Y a otros muchos, por motivos que me superan, les parecen estupideces, algo que se puede posponer, y que no hay prisa por arreglarlo; como tantas otras reivindicaciones pequeñas y grandes que llevan haciendo las mujeres desde tiempos inmemoriales. Todas se pueden dejar para otro momento, más adelante, dicen. Y no llegan. Sin ánimo de comparar el voto con los apellidos, sólo me gustaría recordar la defensa de Clara Campoamor por el voto femenino ante una cámara que argumentaba (incluidos miembros de los partidos de izquierdas) que "no era el momento".

Me parece que en estos temas entran a discutir siempre los mismos (incluida yo que me encantan estas reivindicaciones), porque les suena a un girito, una vuelta de tuerca más para las mentalidades patriarcales y hombrunas que siguen pensando, pese a todo, que el varón es el varón.

Lo que no sé es si aumentará la presión familiar. Porque mira que es grande con los nombres de los niños. Imáginate si ya estamos tocando el asunto del apellidos. Ahora se verá si el marido que considere que es mejor el apellido de la madre porque es más original o porque les gusta más a los dos, es tildado de "calzonazos" y si la familia política en cuestión no mira a la nuera con el gesto de "¿no serás capaz?".

En definitiva. Vosotras os podías haber llamado Hevia Rodríguez pero os llamáis Rodríguez Hevia. La verdad es que no me ha importado en absoluto. Que conste que sí deje caer la posibilidad. Para que no se dé por hecho. Aún así, me alegra saber que, de ahora en adelante, si tenéis niños en España, podréis ponerles el apellido que prefiráis.

Hablando de fútbol y glorias


"Somos campeones del mundo de fútbol". Vaya noche.Vosotras durmiendo o intentando dormir en la habitación de casa de unos amigos mientras nosotros, huestes enfervorecidas, sufríamos 120 minutos de fútbol contra una Holanda que se había equivocado de deporte y estaba en el mundial de Kung Fu. Lo pasé muy bien, la verdad, y salimos todos tan optimistas. Al día siguiente parecía que cualquier cosa se podría solucionar.

Y me dio por imaginaros campeonas del mundo a vosotras. O no. Porque por mucho que lo imagine, el baño de multitudes que se dio la selección española de fútbol masculino el lunes es una gloria inalcanzable, de momento, para vosotras. No porque no haya selección de fútbol femenina, que la hay. Si no porque (de momento, siempre de momento) esas futbolistas ya pueden ganar el mundial que ni de lejos el público (compuesto por ellos y ellas) va a seguir los partidos con tanto fervor; y ni en el mejor de sus sueños les van a organizar tamaño recibimiento. No hay gloria tal para una categoría femenina de ningún deporte. La gloria de haber ganado, faltaría más. Pero el reconocimiento social no crece, ni siquiera en el deporte rey. No digo ya en otras disciplinas. Mirad si no a las nadadoras del equipo de natación sincronizada que hicieron un papel increíble en Pekín 2008. Se las conoce que no es poco. Pero de ahí a tal aclamación popular, hay zancadas de gigante. En este caso también hay hombres valientes que se han lanzado a colonizar las aguas a golpe de coreografía. Pero si hubieran querido, si buscasen esa gloria deportiva infinita, sabrían que en el fútbol había una oportunidad.

Vosotras, por ser mujeres y sólo por ser mujeres, no disfrutaréis (ni sufriréis) una gloria como esa. Ni aquí ni en el resto del mundo. Igual no os perdéis gran cosa. Igual lo más importante es la superación personal. Igual cuando seáis mayores no os gusta el deporte o sí y disfrutáis de él sin más metas. Pero a mí, creyendo en todo lo anterior, me da un poco de coraje que sea como un acuerdo mundial, colectivo, inconsciente y duradero. Y me da coraje que me cueste encontrarlo para otras cosas, sobre todo, para asuntos relacionados con mujeres. ¿Será el peso de la historia? Lo seguiré buscando. Para vosotras. Mientras, no voy a dejar de sentirme "ganadora del mundial" como todos los demás.