24 horas




¿Cuánto valen 24 horas para el Gobierno? Poca cosa a juzgar por la nueva decisión de que sólo se considere en la estadística como maltratolos casos en los que la mujer haya sido hospitalizada 24 horas. Excluye las heridas. ¿Cuánto vale la vida de una mujer? Poca cosa entonces. 

¿Qué son 24 horas? 24 horas para diferenciar una realidad cruel que pueden esconder bofetadas, puñetazos, patadas. Pueden ocultar humillación, vacío, dependencia. 24 horas que van a marcar la diferencia para miles de mujeres en España. Pero hacen falta 24 horas en el hospital para que las bofetadas duelan, los puñetazos rompan por dentro, la humillación haga mella y el vacío se transforme en dolor. 

Y marcarán la diferencia en las estadísticas. Qué fácil, como siempre. No lo veo, no lo cuento, no existe. Como el aborto. Como el amor homosexual y como tantas otras cosas. Si no se nombra, no existe. Si
no se cuenta, no es.

La sombra



La protesta de Ana empezó por la mañana. No iba a la escuela pero tenía otra cita. En la Alameda de Sevilla para pintar unas telas en el suelo. Después, por la tarde, ha quedado con sus padres y otros compañeros para ir juntos andando por el centro hasta la Plaza Nueva.  De camino, las preguntas y las respuestas: “¿Y qué es eso?”. “¿Tú, cuándo protestas? Cuando algo no te gusta. Pues están haciendo cambios en los colegios que no nos gustan. Y por eso vamos a protestar”.  Pero la protesta, la expresión del desacuerdo, puede ser una fiesta. Encontrarse con compañeros de clase en un entorno distinto, pasear por las calles, sentirse un poco protagonista. Tambores, música. 
 
Ana ya está en el corazón de la ciudad, como dicen los folletos.  Ana ve muchas camisetas verdes. Globos, tijeras de cartón, pancartas ingeniosas. Una peineta: “Estoy hasta el moño”.  Estaba entre gente conocida y desconocida. La manifestación no avanza. Parece que se están esperando unos a otros.  Al fin arranca, y los niños y niñas portan orgullosos sus telas de colores.  Y casi sin salir de la Plaza, llega la sombra. 

De negro, agresivos, gritando, con una pancarta engañosa, pero con banderas que les definen.  Alrededor de Ana la gente duda. “Pero si dicen no sé qué de la educación pública…”. “Estos no me dan buena espina”, dicen otros. La plaza y el arranque de la avenida contienen el aire. De repente, hay más gente caminando hacia atrás que hacia delante. Y Ana en medio.  Todo pasa muy deprisa. Una carrera. A  Ana la arrastran hacia un lado. La están quitando de en medio. Ve de lejos a la policía. 


… Y la plaza vuelve a respirar. Todos han soltado el aire. Han bajado los hombros. Ana, que no sabía por qué había contenido el aliento, se vuelve a relajar. Han sido minutos. Hay otra vez luz, voceros, protesta pero alegría. Ana sigue caminando, vuelve a su pancarta pequeña. Salta, camina, y empieza a cansarse. Está agotada antes de llegar al final  y sus padres se apiadan de ella y la llevan a casa. Ana está reventada. Mañana hay cole. Pero, ahí, en una esquina, Ana se ha quedado con la sombra. Y no le gusta.  

A mí tampoco.

La era de los culpables


Somos culpables. O eso parece. No es algo original. Ya se lo decían a Eva y a Adán, así, desde el principio. Y el asunto es que debe funcionar porque periódicamente se vuelve a utilizar. Así lo veo. En la España de los recortes indebidos, todo el mundo es culpable hasta que se demuestre lo contrario.

Hay algunas personas que no van a clase y se quedan en la cafetería, subamos las tasas universitarias a todos por si acaso hay tentaciones.
Hay algunos que defraudan con el IVA, penalicemos a toda la población con una subida lineal.
Hay algunas personas que estafan con las bajas laborales, penalicemos todas las bajas.
Hay personas que se aprovechan del sistema de desempleo, penalicemos a todos los desempleados.
Hay quienes abusan de los recursos judiciales o acuden a la justicia con demandas banales. Culpables todos por si acaso.
Somos culpables por tener una enfermedad crónica. Y en breve, seremos culpables por enfermar de cualquier cosa, como en Portugal.
Somos culpables. O eso quieren. Que nos sintamos culpables. Culpables de pedir, de tener derechos, de exigirlos. Que no son regalados, que han sido peleados por otros para que nosotros vivamos mejor.
Si ya nos sentimos culpables hasta por tener un empleo ("da gracias que ...", "Con los tiempos que corren") . Y no lo somos. No se dejen engañar. Estoy pensando en montar una revolución personal, un acto de insumisión interior. Señores, señoras, soy inocente. Porque todo esto es un truco.

Yo creo que el método lo han aprendido de alguna película futurista con capítulo de sometimiento de planetas y andan haciendo experimentos. O siendo más realista, están remasterizando los grandes éxitos medievales. Una versión del "arrepentíos" de toda la vida pero con lustre del siglo XXI. O eso, o que se han tomado muy a pecho aquello de vale la parte por el todo.

Los culpables somos todos... menos los responsables. Porque si las medidas que están tomando no funcionan, sólo serán las urnas las que castiguen. Y eso con suerte, que lo de dimitir por la consecuencia de sus medidas o sus actos no está en el libro de instrucciones. Porque Güemes no se siente ni un poquito culpable por privatizar un servicio y luego ganar dinero con él. Ni Rato parece sentirse muy culpable de rematar la privatización de Telefónica y acabar cobrando por asesorales. Ni Cospedal por cobrar lo que cobra mientras pide austeridad y cinturón estrecho. Ni siquiera Rubalcaba por las decisiones equivocadas del ejecutivo anterior o por tardar en reaccionar y no dar respuesta. Tampoco los gestores de los bancos y las agencias de calificación que nos están "guiando" por este calvario (eso sí, en eso sí somos democráticos: sus errores los pagamos todos). Ni los malos gestores de empresas que están aprovechando la palabra crisis    para limpiar y despedir.

Y yo me siento culpable por muchas cosas. Es un asunto cultural arraigado y profundo. Vamos, que a veces me siento culpable hasta de tirar las migas de pan a la basura. Pero no de tener derechos. Eso no, oigan. Eso no. Por la era de los culpables no paso.

14N

Tengo la manía de trasladar lo grande a lo doméstico. Porque al final todo o casi todo tiene traslación a lo pequeño. Y quizás por eso voy a hacer huelga mañana.

Por lo visto, es una huelga política. Menos mal. Menos mal que la política sale a la calle, en la voz de los ciudadanos, de las organizaciones, de los profesionales. De todos. Menos mal. Porque para mí la política es la participación; son las grandes medidas que afectan a lo pequeño: a los libros del colegio y a los profesores de mis hijas, al resfriado o la artritis, a los horarios y al comedor, al pleito y a la casa, a tener o no tener trabajo. Porque antes o después puedo necesitar de la justicia, y me gustaría no tener que pedirla en función de mi salario del momento. Porque puede que tenga una enfermedad grave y me gustaría poder ser atendida siempre. Porque no quiero ser yo la que tenga que rendir cuentas injustas al banco a cuenta de leyes antiguas que ya no funcionan. Porque quiero que me traten con respeto para despedirme.

Y no creo que sea una irresponsable por ello. Sino todo lo contrario.  Mi responsabilidad es sumar. Sumarme a todos los descontentos. A los que creemos que se puede hacer de otra manera. Que falta imaginación, diálogo y acuerdo. Y cada uno se suma como quiere y como puede; porque yo hago la huelga porque quiero, y porque puedo. No llego justa a fin de mes, no me presionan en el trabajo para que no haga huelga. Soy una absoluta privilegiada.

"Es que somos todos los responsables de lo que está pasando". Asumido. Mi parte proporcional. Responsable por no haber alzado la voz antes. Por confiar. Y como no quiero sentirme más responsable de "lo que está pasando", salgo a la calle.

"Con una huelga como esta, el país pierde, sobre todo dinero". Claro. Todos los que no van a trabajar pierden su sueldo de ese día, que no es poco en los tiempos que corren. Como si no fueran pérdida los casi 6 millones de parados (entre ellos muchos periodistas), las 500 familias deshauciadas cada día, como si no fuera pérdida el dinero inyectado a una banca que no acabo de ver humana; sólo numérica (¿dónde estarán las personas que mandan en los bancos? ¿les llevamos a dar una vuelta sin coche a ver si se acercan a la realidad?) . Y si no voy a la huelga, yo me pierdo el respeto un poco.

"Afecta a la imagen de España". Será que no afectan la imagen de los suicidios por deshaucio. Que no afectan los palos en las manifestaciones. Que no afecta a la imagen de España que algunos responsables políticos no estén nunca donde deben estar. La manida marca España se ve afectada también si parecemos un pueblo sordo y ciego y mudo. Si pensamos que las cosas no están bien y no sabemos expresarlo. Y esa Europa mentada que nos va a mirar con malos ojos, no es la Europa en la que yo creo (ilusa) . Con todos mis respetos, yo también soy Europa. He aprendido a ser europea y así me siento. Y así como me encuentro yo suficientemente continental, me encuentro también con el derecho de protesta por una Europa que camina hacia donde no me gusta. Porque todavía me creo la democracia y todavía me creo Europa.

"No soluciona nada". ¿Solucionar? Es que yo no salgo a solucionar. Yo salgo a dar mi opinión. Las soluciones ya las hace cada uno en lo pequeño, con sus amigos, con sus vecinos. Echando una mano, que se suele decir. Y esperando que el sentido común impere entre aquellos que toman soluciones a lo grande con san deficit como patrón. No soluciona pero sí sirve. Porque hay muchas maneras de expresar el descontento, y esta es una. Sé que el presidente del Gobierno agradecerá el gesto a los que no han salido de sus casas (sin saber si quiera si sus razones son las que él imagina). Pero será una pena que no escuche a los que salimos. Porque para eso está un presidente. Para atender a todas las voces, a todas las opiniones. Porque puede que el Gobierno, pese a su mayoría absoluta, no lo haga todo bien, que no acierte siempre. Podría pasar.


Yo no voy a la huelga porque me lo diga nadie. Voy por mí y porque mañana es el cumpleaños de mis hijas. Y ellas crecen y yo sumo preocupación, como todos los padres del planeta. Pero ellas se merecen un mundo mejor, un país mejor, un futuro mejor que el de las cartas que están enseñando en el tapete. Se merecen vivir tan bien o mejor que yo. Así que sí, mañana hago huelga.

El Miedo


Me pregunto si este Gobierno  no tiene miedo. Miedo a equivocarse. Miedo a no dar respuesta a sus ciudadanos; a no gobernar para todos. Miedo a no acertar. Miedo a destrozar un país con sus decisiones. Ese miedo que genera respeto pero no paraliza, que le vuelve a uno constructivo aunque tenga que tomar opciones difíciles. Ese miedo que hace consultar, preguntar, consensuar y que no es incompatible con la valentía.  Ese miedo que te hace mirar alrededor y mirar que en Grecia la tijera no ha funcionado.  En Portugal tampoco. Llámenlo miedo, llámenlo prudencia. Este Gobierno no tiene miedo a equivocarse y eso a mí me preocupa. Mucho.

La crisis parece haberles quitado el miedo. El miedo a no ser modernos. Ese freno democrático que les impedía tocar determinados asuntos relacionados con el estado del bienestar y determinados derechos.

Porque me dirán qué tienen que ver con la crisis las decisiones de reforma que propone el señor Wert.
¿Que estudien los niños y las niñas por separado va a mejorar la situación del país?
¿Qué haya menos personal docente va a mejorar la prima de riesgo?
¿Que se limiten las becas va a reducir nuestro déficit? ¿O va a generar un déficit de oportunidades?
¿La reforma del aborto que tienen sobre la mesa va a generar más empleo y solucionar la burbuja inmobiliaria? ¿O limitar los derechos de las mujeres?
¿Convertir el Comité de Bioética en un comité censor mejorará la situación de las cajas?
¿Eliminar la asignación para parados de larga duración suavizará las cifras de desempleo?
¿Eliminar los contenidos de Educación para la Ciudadanía va a darnos mejor imagen ante los mercados?¿Mantener el recurso contra el matrimonio gay nos va a traer más crédito mundial?
¿Cargar contra los manifestantes mejorará la imagen de España en el exterior?
¿Recomendar el silencio y la no protesta, limitar el derecho de manifestación, favorecerá el debate constructivo?
¿Dejar de pagar a los diputados va a suponer tal ahorro como para que compense poner en riesgo el servicio público de la política?

No tienen miedo. Y me gustaría saber cuál es la profesión de los ministros y diputados. Cuántos tienen profesiones liberales o modestas. Cuántos llevan a su familia a la sanidad pública o cuentan con un seguro de sanidad privado. Cuántos llevan a sus hijos a colegios públicos. Y cuántos no contarían con presupuesto para financiar un aborto de un familiar en el extranjero en caso de necesitarlo. Si no te afecta, no tienes miedo. Si no has usado nunca los servicios públicos, resultará algo más difícil defenderlos. Por eso me gustaría saberlo. Porque no saben que el miedo es un amigo incómodo y persistente. Y se puede aprovechar una situación de crisis para hacer cambios grandes e imprevistos; pero, como dicen por ahí, en el Titanic también se hundieron los que iban en primera clase.


Nos están vendiendo Estocolmo. Como el barbero de Gianni Rodari que se dejó vender Estocolmo en un puesto callejero por un charlatán convincente. Y satisfecho (y sin Estocolmo, por supuesto) exhibía su cartel de propiedad en su barbería. Nos han vendido (hasta la saciedad) que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Nos han vendido un banco (Bankia) del que no podemos ni participar, y quieren que exhibamos con orgullo nuestro certificado de propiedad en el salón. Con orgullo, vamos. Porque hay que estar satisfecho por una compra que no nos beneficia. Nos están vendiendo que, en caso de crisis, vale todo. Que la crisis todo lo justifica. Hasta el desmantelamiento del estado de derecho.

Ellos no tienen miedo. Pero quieren que todos lo tengamos. Miedo a lo que nos espera, al futuro y si me apuras a la vida. Un miedo agradecido porque "uff, por lo menos tengo trabajo". Miedo a la policía y a sus actuaciones , miedo a manifestarse o bien el miedo "a las masas enfurecidas" que, al parecer, se apoderan de las calles. La cuestión es meternos ese incómodo amigo en el cuerpo. Pero que no sea de ese miedo prudente. Sino de ese otro que paraliza, que te deja en casa, callado y sin opinar. No vaya uno a significarse. Porque las opiniones, eso dicen, no ayudan a la crisis. Mejor ser de la "mayoría silenciosa". No me apunto. Ya me dice mi madre que siempre hablo de más.